Funciones ejecutivas y juego libre: lo que el bosque sabe antes que nosotros
Cuando hablamos de aprendizaje, muchas veces pensamos en contenidos, habilidades académicas o metas curriculares. Sin embargo, existe un conjunto de capacidades que sostienen todos los aprendizajes y que rara vez enseñamos de manera directa: las funciones ejecutivas.
Y aquí es donde el juego libre en la naturaleza se transforma en un escenario profundamente educativo.
¿Qué son las funciones ejecutivas?
Las funciones ejecutivas son habilidades cognitivas que nos permiten regular nuestra conducta, organizar nuestras acciones y adaptarnos a situaciones nuevas. Se desarrollan progresivamente durante la infancia y dependen en gran parte de la maduración de la corteza prefrontal.
Podemos comprenderlas en tres grandes dimensiones:
- Memoria de trabajo
Permite mantener información activa mientras realizamos una tarea. - Control inhibitorio
Nos ayuda a frenar impulsos y saber cómo actuar ante nuestras emociones. - Flexibilidad cognitiva
Permite cambiar de estrategia, adaptarse y mirar una situación desde distintas perspectivas.
Estas habilidades no se desarrollan en fichas ni en ejercicios repetitivos. Se desarrollan en experiencias reales.
¿Qué ocurre en el juego libre en la naturaleza?
En un entorno natural, el niño o la niña:
- Decide qué hacer.
- Evalúa riesgos.
- Planifica movimientos.
- Resuelve conflictos.
- Cambia estrategias cuando algo no resulta.
- Regula frustraciones.
- Coopera.
Todo esto ocurre sin que un adulto lo dirija paso a paso.
Por ejemplo, cuando un grupo decide construir una “casa” con palos:
- Deben recordar el plan (memoria de trabajo).
- Ajustarse cuando la estructura se cae (flexibilidad cognitiva).
- Esperar turnos o manejar desacuerdos (control inhibitorio).
- Evaluar estabilidad y equilibrio (planificación y toma de decisiones).
No es solo juego. Es entrenamiento ejecutivo en contexto real.
¿Por qué la naturaleza potencia estas funciones?
Los entornos naturales tienen características únicas:
- Son variables e impredecibles.
- Ofrecen materiales abiertos (ramas, piedras, hojas).
- No tienen una única forma correcta de uso.
- Invitan al movimiento constante.
- Exigen atención distribuida y regulación corporal.
A diferencia de muchos espacios estructurados, el bosque no ofrece respuestas prefabricadas. Ofrece desafíos auténticos.
El cerebro necesita desafío ajustado, autonomía y experiencia corporal para fortalecer redes neuronales asociadas a la autorregulación y planificación. Y el juego libre en la naturaleza ofrece precisamente eso.
Autonomía, riesgo y autorregulación
Uno de los aspectos más relevantes es la presencia de riesgo (no peligro).
Cuando un niño trepa un árbol:
- Evalúa altura.
- Ajusta su postura.
- Regula miedo.
- Toma decisiones en tiempo real.
Este proceso involucra control inhibitorio, planificación motora y regulación emocional simultáneamente.
El adulto no dirige, pero observa y sostiene el contexto seguro. Esa combinación es clave.
Las funciones ejecutivas no se enseñan, se ejercitan.
No se trata de “trabajar funciones ejecutivas” como un contenido aislado.
Se trata de ofrecer contextos donde puedan emerger y fortalecerse naturalmente.
El juego libre en la naturaleza:
- Integra cuerpo y mente.
- Integra emoción y cognición.
- Integra decisión y consecuencia.
Y lo hace de manera significativa.
Una invitación a mirar distinto...
Cuando vemos a un niño o a una niña jugando en el barro, negociando una regla o intentando cruzar un tronco inestable, no estamos viendo solo juego.
Estamos viendo:
- Autorregulación en desarrollo.
- Pensamiento flexible emergiendo.
- Toma de decisiones auténtica.
- Construcción de autonomía real.
El bosque no acelera el aprendizaje. Lo profundiza.
Y quizás ahí está su mayor potencia.
